jueves, 3 de septiembre de 2020

Pancartas blancas.

El mensaje lo ponía claro. Plaza de España, ocho de la tarde, domingo, llevar pañuelo blanco. Así que me puse en marcha, cuando llegué un gentío cubría su boca con un pañuelo blanco. Era la consigna para saber que eras del grupo. Cualquier otro color podía haber vinculado el acto con algún partido político, pero debía quedar claro que no era así. Eso, o lo usaban como mascarilla por lo del Covi. Algunas pancartas se comenzaron a elevar, se comenzó a mover la multitud en la dirección que marcaba la cabecera. Desde atrás no veía los eslogan que lucían. Me era difícil avanzar entre la gente, pero al final llegué. Me había sorprendido el silencio. Para ser una manifestación no había gritos, ni aplausos, ni manos en alto. Es más, todo el mundo caminaba como autómatas tras los pasos de los primeros. Entre los que ahora me encontraba. Alcé la mirada y por fin vi el mensaje sobre los lienzos blancos. En realidad, no había. Su pulcritud blanquecina, me dejó pasmada. Fue entonces cuando me percaté de que todos iban como si una fiesta de Los Indianos se tratara. Yo, con mis vaqueros y mi camisa verde descolorida desentonaba. Me salí, desde la acera los vi pasar a todos camino del Parlamento, silentes. Al día siguiente la prensa mencionaba en la cabecera: “Manifestación en contra de la palabra”.

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Pancartas blancas.

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