EL SOL QUEMA MUCHO
La playa estaba plagada de tapones de botella, eran como los cayados del futuro. Acomodé mi toalla en el acolchado lecho de plástico. En la orilla las olas dejaban una línea de desechos plásticos de toda índole. Una señora se agachaba y de vez en cuando recogía uno. Lo observaba atentamente, como un tesoro y lo metía en una bolsa que llevaba en la cintura. El viento comenzó a peinar la superficie y una bolsa acabó enredada en mi cara. La sacudí y la dejé que siguiera corriendo. La señora me miró y se acercó a mi.
No era tan mayor, tan solo el salitre había esculpido su rostro de quizás veinticinco como si doblara en edad. El sol, que ya no calentaba sino quemaba, había hecho el resto.
Abrió su mochila y rebuscó entre el "cacharrerío" que llevaba, sacó un bote de crema medio lleno de percebes y me lo extendió...
-Póngase crema, que aquí el sol quema mucho.
Entre la tinta desgastada aprecié la fecha de caducidad, 01-09-2020.
Llevaba caducada veinte años.
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